sábado, 27 de agosto de 2016

Mamá

La radio del rincón se despertó de golpe, intentando cantar una canción sobre el hogar donde los cielos son más azules, un lugar al que regresar. La distorsión hacía que la melodía se tornase siniestra, casi como si los cielos de ese hogar se hubiesen puesto una chaqueta de cuero y mirasen desde arriba retando a cualquier oyente a regresar.
Por su parte la piedra que había volado a través de la ventana alentado la melodía de la radio permanecía en el centro de la habitación, haciendo un agujero en la capa de polvo de la alfombra que antaño había sido roja.
Dulce hogar. 
En la esquina opuesta a la radio, una gota caía repetidamente sobre madera podrida que cubría el suelo bajo la casa, que tenía agujeros allá donde las termitas habían decidido reunirse para cenar. 
La escalera estaba mellada de tres dientes y su barandilla huyó tiempo atrás hacia el sótano, en un viaje igual de curioso que el de Alicia a través de la madriguera del conejo blanco.
Dulce hogar.
Una mano mojada, hermana de quien había lanzado la piedra con furia, estaba sujeta al pomo de la puerta que no la soltaba por miedo a futuras agresiones contra las entrañas de la casa que guardaba a su espalda.
Los pies se mantenían pegados al felpudo calvo de la entrada mientras los ojos miraban lo que una vez fue su mundo, mucho antes de que el polvo se posase sobre el suelo.
Por fin, el pomo dejo de agarrar la mano de la mujer y esta comenzó a avanzar, cautelosa como una pantera que está acechando su presa, hacia la piedra. La recogió del suelo y volvió a arrojarla contra la radio, que, después de quejarse, se calló, dejando la habitación en silencio mientras el polvo que se había levantado se convertía en barro sobre las pisadas mojadas.
Dulce hogar.
- ¿Mamá?
Sus ojos seguían inspeccionando alrededor.
- ¿Mamá?
Quizá había esperado mucho tiempo para volver.
- ¿Hay alguien?
Las moscas, al oír a alguien extraño, dejaron sus huevos y volaron hacia un lugar donde nadie pudiese molestarlas. 
Habían pasado veinte años desde que Laura no veía a su madre y casi no pudo reconocerla cuando descubrió en el suelo de la cocina su bata cubierta de mugre, como la casa que había perecido con ella.